Maruja Herrera

Nací en Caracas, Venezuela en 1951, en un hogar formado por Carlos Herrera fotógrafo y profesor, y Reina Herrera ceramista y profesora.
 

Estudié diseño gráfico, carrera que me dio una base para siempre.
Me casé, tuve tres hijos, me divorcié, comencé a hacer cerámica de manera informal, de la mano de mi madre y seguí desarrollando ese lenguaje por 20 años, más o menos.
Mientras tanto y además empecé a dar clase de cerámica y estando en el Instituto Armando Reverón, dónde trabajaba, entré en el programa de licenciatura por acreditación de experiencia y saqué la licenciatura. Me jubilé y luego me gradué de artista.

 

De mis padres heredé la pasión por el arte y por la docencia.
El arte para mi es el alma de la humanidad, donde se expresa el misterio.

Mi investigación ha estado mayormente centrada en reflexionar acerca del ser vivo que somos, que nos rodea, del que dependemos y al que ignoramos.
Lo animal en nosotros, nuestra absoluta dependencia de la naturaleza
de la que vivimos y nuestra consuetudinaria indiferencia hacia ese hecho.

Hice durante casi veinte años esculturas y objetos en cerámica donde la figura animal fue protagonista, luego decidí dejar la cerámica y explorar otros modos de expresión.

Desde hace unos tres años me dedico al dibujo y al collage como lenguajes expresivos. El dibujo era una deuda pendiente conmigo misma, el collage fue y está siendo un gran descubrimiento.

En estos momentos estoy desarrollando paralelamente dos proyectos:

Los Jardines Transparentes, pequeñas cajas que encierran un jardín móvil. Objeto amable que nos recuerda que somos dependientes de esa belleza vegetal. Que si las plantas desaparecieran de golpe no sobreviviríamos ni dos días en el planeta. Que es el gran eslabón de la cadena de la vida.

En estos objetos ejerzo el dibujo con gran placer.
 

A la vez estoy haciendo una serie de autorretratos en collage, basándome en algunas premisas: siempre me he sentido un “bicho raro” y he llegado a la conclusión de que todos sentimos eso y sin embargo somos parte de un grupo humano, nos gusta y lo necesitamos. Ser un “bicho raro” es lo que nos hace diferentes, felizmente. La otra premisa es lo autoreferencial como imagen, abordando esto con algunos datos que me distinguen: los ojos y la boca, pero básicamente he usado para ello dos fotos que me hizo mi padre, Carlos Herrera, cuando yo tendría unos cinco años de edad. También aparece la familia porque, al final, no somos más que un collage de genes unificados en un solo ser: yo.

En estos objetos he descubierto la libertad que proporciona el hecho de utilizar imágenes creadas por otros y construir una nueva imagen propia. Con este lenguaje hice también una serie, Ocho Pecados Capitales, realizados en cajas de madera y con algunos elementos de collage en relieve.